La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Con acuse de recibo...


Es un tópico, sí, lo sé. El otoño es la estación de los cambios, de la nostalgia, del cambio de ritmo en la vida y en las cosas. Los días lluviosos de mediados de septiembre se prestan a la melancolía, al adormecimiento y, como en mi caso, a revolver cajones, ordenar papeles y a escuchar canciones que, de un modo u otro, tuvieron un significado especial en mi vida.

Rebuscando en las estanterías, he encontrado un disco de vinilo comprado en París (en la puerta del Olimpia) allá por los años setenta, donde tuve la gran suerte de encontrar una entrada barata, de gallinero, para ver a Moustaki. Conocía muchas de sus canciones, pero en aquel concierto escuché una desconocida: Le facteur. Una letra muy poética, sencilla y llena de sentimiento, en la que el autor relata la historia de la muerte de un cartero, un joven cartero, que entregaba puntualmente a los enamorados las más bellas palabras de amor…

Sí, ya sé que puede sonar cursi y hasta ñoño si quieren ustedes, pero no deja de ser una historia tierna y trágica a la vez que la muerte del joven mensajero deje sin noticias a los dos enamorados. Fin de la historia, fin de la canción.

Volver a escuchar esa melodía, ha traído a mi memoria recuerdos felices y algo más que un recuerdo: mi más sincero agradecimiento a aquellos esforzados carteros que puntualmente nos entregaban las cartas esperadas, las noticias de la familia, o los certificados que te comunicaban que estabas a punto de ir a ‘cumplir con la patria’.

Carteros que, sin apenas datos, ni siquiera bien escrita la dirección, (entonces le llamábamos señas…), se esforzaban para dar con el destinatario. Carteros que conocían a cada vecino del barrio o del pueblo; carteros que recorrían kilómetros a pie, día tras día, llevando a sus espaldas la pesada carga de las buenas y las no tan buenas noticias. Nostalgia, sí, pero nostalgia dulce, con sabor a gente que cumplía escrupulosamente con su deber y se esforzaba por vaciar la saca y volver a casa, cansado, pero con la satisfacción del deber cumplido.

Y ustedes, lectores de este intento de columna, se preguntarán a qué vienen tanto dar marcha atrás en el tiempo y recordar tiempos que nunca volverán. Pues es bien sencillo: viene el recuerdo motivado por una canción, por un viejo vinilo lleno de polvo en una estantería, por una carta que al leerla de nuevo me ha vuelto a emocionar como sucedió el día en que la recibí.

Además, todo esto viene a colación porque me apetecía escribir sobre los carteros y dedicarle, a uno en especial, estas líneas cargadas de cariño y respeto, a quien hace años que ya no lleva la pesada carga a cuestas; a quien disfruta de la vida; a quien se alegra con una simple llamada; a quien se emociona cuando gana su equipo (el Sevilla), y quien, a buen seguro, si volviera a nacer, volvería a ser cartero y a recorrer las calles de un lugar de la Mancha de cuyo nombre sí me acuerdo, pero no voy a mencionar…

Y como despedida, y volviendo al recuerdo, lo hago a la vieja usanza. ‘Sin otro particular, y esperando que a la llegada de esta carta te encuentres bien, me despido de ti con un fuerte abrazo’.

 ¡Va por usted, amigo ‘Camacho’!


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