La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

De la luz y la oscuridad


Casi llevamos medio mes consumido y siento como si febrerillo ‘el loco’ no se fuera a acabar nunca. Me invade una sensación extraña, como si hubiera fracasado en el intento; como si todo lo que emprendo fuera a resultar inútil y no mereciera la pena ni siquiera intentarlo. 

Empecé el año con unas ganas tremendas de dar un giro a mi vida y, casi un mes después, me doy cuenta de que los principios y las buenas intenciones se han ido diluyendo como azucarillo en el café con leche. He dejado de ir al gimnasio; sigo fumando; como todo lo que me apetece, salgo de casa lo imprescindible, llamo de vez en cuando a los amigos y me dejo llevar… Total, como el año pasado. Y eso que hice firmes propósitos de enmienda y prometí cumplir todos y cada uno de los retos que nos solemos poner cuando asoma el mes de enero.

Tratando de analizar mi situación, no doy con la clave para saber a ciencia cierta qué es lo que me sucede. ¿Falta de voluntad? ¿Indolencia? ¿Aburrimiento? Por más vueltas que le doy al asunto no encuentro razón lógica a lo que me sucede. Incluso he llegado a consultar algún que otro libro de autoayuda, y no sólo no me ha servido de nada, sino que pienso que me ha confundido todavía más de lo que ya estaba.  

Por otro lado, pienso que mi estado de ánimo pudiera deberse a la marcha general de este mundo loco en el que vivimos; en una sociedad cambiante, sin rumbo definido; sin metas por conseguir, en la que todo vale para hoy pero no sabemos si mañana será lo mismo. La incertidumbre nos gana la partida y los planes se desvanecen. 

La desilusión se ha instalado entre nosotros y parece que de forma permanente. No, no es pesimismo. Es, ni más ni menos, que constatar la realidad que nos rodea y experimentar la sensación de ahogo y de lucha en vano por salir del túnel en el que andamos metidos sin alcanzar a ver la luz al fondo, y si realmente es el fin de la oscuridad. 

Aunque no lo parezca, por todo lo dicho anteriormente, aun sigo teniendo confianza y me mueve la esperanza, sobre todo tras ver las imágenes de los informativos cómo un padre escarbaba con sus manos entre los escombros para rescatar a su hija de corta edad. Una noticia cargada de esperanza que nos lleva a pensar en la grandeza y la debilidad del ser humano. Una vida rescatada entre miles de muertos por culpa de un terremoto. Una niña sonriente que volvía a ver la luz, como su nombre (Nour), y provocaba una sonrisa en quienes la salvaron de entre los cascotes de la que fuera su casa en un edificio de Siria.

La luz ha sido el motivo de esta columna, aunque las primeras líneas estuvieran cegadas por la oscuridad. Luz para sobrevivir; luz para seguir haciendo camino; luz y fortaleza para cumplir lo prometido o, al menos, no hacernos falsas promesas.


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