La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

En corto y por derecho


El mes de septiembre marca un antes y un después en nuestras vidas. Erróneamente celebramos el fin de año en el mes de diciembre, cuando en realidad deberíamos hacerlo a partir el 1 de septiembre, tras el paréntesis vacacional de agosto en el que mayoritariamente tomamos unos días de descanso en nuestra actividad cotidiana.

Tras pasar unos días en la playa o en el campo, volvemos a la cruda realidad y renovamos viejos propósitos de enmienda que, pasadas unas cuantas semanas dejaremos aparcados en el cajón de los olvidos. 

Instalados ya de nuevo en la tarea diaria, retomamos la rutina y recuperamos hábitos aparcados mientras nos acariciaba la brisa del mar o dormitábamos bajo la sombra fresca (es un decir lo de fresca), de un árbol centenario. 

La vuelta a la actividad resulta siempre un tanto dolorosa, pero aún lo es más si al regreso encuentras que nada ha cambiado. Claro que, en pocos días, salvo catástrofe, poco o nada puede cambiarnos la vida, y mucho menos la sensación que los políticos nos transmiten.

Nos fuimos de vacaciones alejándonos del constante ronroneo de los discursos y las promesas vacías y volvemos con la misma cantinela, aunque con mayor intensidad que antes, ya que el empiece del nuevo año (no oficial), vienen marcado por elecciones municipales y autonómicas, y cuando éstas acaben, vendrán las nacionales. ¡Promesas de cambiarlo todo, para que todo siga como estaba antes!

El nuevo curso político acaba de arrancar, y lo ha hecho de la mano de nuestro bien amado líder. Rodeado de cincuenta ciudadanos elegidos entre miles, de los cuales, tan sólo seis han tenido oportunidad de formularle una pregunta al presidente del Gobierno. Hasta aquí, todo correcto, aunque el acto propagandístico despedía cierto tufillo a comparsa, pacto, componenda y amaño, porque no me negarán ustedes que no resulta raro, que ninguna de las seis preguntas de los ciudadanos haya sido comprometida para la respuesta de Pedro Sánchez. ¿Les suena eso de ‘me alegro que me haga esta pregunta? Pues eso, que don Pedro estaba tan alegre con las preguntas que se le hacían que no me extrañaría que haya habido algún asesor que no las haya redactado previamente y las haya entregado a los ilusionados vecinos que han acudido a la Moncloa a participar en el show del inicio de andadura política de este otoño caliente que se avecina, no sólo en el ámbito del quehacer público, sino económico, de carestía y precariedad a todos los niveles.

Visto el resultado de las preguntas y respuestas ofrecidas por Sánchez, pienso que han faltado dos preguntas claves, a las que su señoría no hubiera sabido responder, por más que muestre soltura y desparpajo cuando sube al estrado del Congreso y responde a la oposición.

Estimado señor presidente: ¿Puedo hacerle yo, como ciudadano, dos preguntas sencillas? Pues ahí van.

Quo vadis Petrus?  Qui me temptatis stulte?

 P.D. Le aseguro que son sencillas de responder, y que no me las ha dictado ningún asesor.

 

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