La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Fin de fiesta


Retomo las viejas costumbres y vuelvo a la tarea, después de superar esta semana intensa que cada año revive Cuenca y se muestra en todo su esplendor. Atrás quedan los ecos lejanos de tambores, y cornetas, el cálido aroma del incienso y el ensordecedor silencio de la muchedumbre que aguarda impaciente el paso de las imágenes. Estampas nazarenas que Cuenca sabe reproducir año tras año y cada vez con mayor intensidad. 

Pasados los días de gloria, la ciudad vuelve a la monotonía, al letargo habitual, al lento compás marcado por un tiempo eterno en el que nunca pasa nada. Vuelta a la rueda de la noria de nunca acabar, movida en esta ocasión por la inminente llegada del tiempo electoral en el que todo volverá a parecer distinto, cuando la realidad es que todo sigue igual. 

Vivimos de paréntesis en paréntesis, de etapa en etapa, completando el círculo vicioso de que cada cuatro años vuelven a decepcionarnos y a quebrarnos de nuevo la ilusión de que algo va a cambiar y que la ciudad resucitará de una vez por todas de su sueño de eterna perdedora, de urbe de segunda categoría que ya no puede ni presumir de ir en el vagón de cola, porque hasta eso, el tren, nos lo han quitado de un plumazo sin que nadie levante la voz con fuerza para exigir responsabilidades. Una ciudad con posibilidades, con belleza como pocas, con recursos desaprovechados que se traduce en un futuro incierto siempre con la ilusión del cambio que nunca llega a convertirse en realidad.

Y mientras seguimos mirándonos al ombligo, felicitándonos por lo bien que sabemos hacer algunas cosas, el tiempo pasa sin remedio y seguimos esperando el milagro de la resurrección; el detonante que haga saltar de una vez por todas el candado de inmovilismo que Cuenda sufre desde tiempos inmemoriales sin que nada ni nadie parezca que puede resolverlo. 

Mayo se aproxima a pasos de gigante y no estaría mal que, aprovechando la primavera, el renacer de la tierra y el brote de nuevas esperanzas, fuéramos capaces de dar un vuelco a nuestra indolencia, dejando atrás el ¡ea! conformista y apostáramos por un futuro más esperanzador que el que se vislumbra. Tenemos, como siempre, el viento en contra, pero eso no es obstáculo para que, de una vez por todas, demos un golpe de timón y logremos enderezar una nave que, si nadie lo remedia, quedará varada en alguna playa deshabitada y abocados a la espera sin remedio de que alguien se acuerde de que existimos.

Cuenca ha vuelto al silencio y a la vida cotidiana después del ajetreo de Semana Santa. Volvemos a lo mismo de siempre y, como ya escribí en alguna ocasión, vuelvo a repetir que somos únicos en muchas cosas y sobre todo en una: Cuenca resucita el Domingo de Ramos y muere el Domingo de Resurrección.  ¡Felices Pascuas!


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