La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

La envidia sana


El gran literato Francisco de Quevedo decía que “la envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come”. Acertada definición del mal que padece la humanidad desde que Adán y Eva recibieron la notificación de desahucio del paraíso y tuvieron que buscarse un piso de acogida, en un barrio dormitorio alejado del centro del idílico jardín.

Viene todo esto a colación a propósito de una pregunta que leí en un artículo que cuestionaba la existencia o no de lo que conocemos por ‘envidia sana’. Difícil cuestión.

Y lo cierto es que, si definimos la envidia como uno de los grandes males de la humanidad, ¿Cómo podemos catalogarla de sana, cuando en realidad es perjudicial para la salud y la paz social? Y aún más contradictorio si oímos hablar de la envidia ‘pura’, aunque en este caso denota maldad y hostilidad hacia otra persona. En definitiva: la envidia sana es benévola e incluso positiva, aunque en el fondo no deja de ser un encendido deseo de que al otro le vayan mal los asuntos de la vida o, al menos, no tan bien como a nosotros. Somos malos por naturaleza, porque la envidia no es otra cosa más que el sentimiento que provoca en nosotros el deseo de poseer algo que no tenemos y sí lo tienen los otros. La envidia provoca dolor, resentimiento, ira y rencor.

Negro panorama entonces el que se nos presenta, cuando vemos que a nuestro alrededor otros viven cómodamente, se desarrollan y crecen, mientras nosotros nos vamos quedando en el vagón de cola sin otra opción que recurrir al pataleo y a la manifestación estéril, sabedores de que no vamos a conseguir nada. Ahí sí que viene bien la definición de ‘envidia sana’, sin connotaciones de deseo de males para nadie, pero con el regusto amargo de volver a quedarnos con cara de bobos mientras el resto se sienta a la mesa y disfruta de un abundante y apetitoso menú. No envidiamos a los que comen, no. Reclamamos que haya para todos y, como siempre, volvamos a recibir las migajas.

Supongo que, a estas alturas de la columna, si ustedes son tan amables de leerla, imagino que se preguntarán a qué viene tanto hablar de envidia y de menús apetitosos, ¿verdad? Pues ni más ni menos que a volver a incidir en que Cuenca sigue en la misma dinámica, gobierne quien gobierne, y más aún cuando se produce la ‘conjunción planetaria’ del triunvirato del mismo partido (Ayuntamiento, Junta y Diputación), momento esperado inútilmente, porque tras casi cuatro años, seguimos estando en el punto de partida: en el limbo de las promesas de futuro, de sueños y quimeras que jamás se llegan a plasmar en realidades palpables. ¿Envidia sana de otras provincias de la región? Pues sinceramente sí. Envidia de su desarrollo, de las inversiones que reciben, del futuro esperanzador que se vislumbra a corto y medio plazo. 

Y en tanto, contemplamos con resignación cómo los demás crecen y nosotros decrecemos, mientras otros ven aumentar sus rentas nosotros perdemos medios de transporte, infraestructuras y servicios. Eso sí, con las elecciones a la vista, a buen seguro que vendrán meses de ofertas y de manifestaciones grandilocuentes predicando el oro y el moro, como siempre. Volveremos a escuchar hablar de la Autovía de Teruel, del Palacio de Congresos, del Toro Verde y de la vaca que da café con leche…

En fin. Comenzaba esta entrega hablando de la envidia sana, cuestionándome si lo es o no lo es, y concluyo afirmando rotundamente que sí siento envidia sana. No tenerla sería de necios, como también lo es dejarse engañar de nuevo y volver a picar el anzuelo de las promesas. Un anzuelo que el pescador de votos nos ofrece, sabedor de que aunque no ponga gusano, habrá pececillos que se dejarán llevar por los cantos de sirenas. Por cierto, hay sirenas que ni siquiera cantan y sólo mueven los labios como en un mal playback.   


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