La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

La estación de las contradicciones


Primera columna de otoño. Sol a media asta y ánimo decaído, como preludio del letargo invernal al que caminamos inexorablemente.
Los días van acortando y el ambiente se va transformando poco a poco, tiñendo el aire de una sutil melancolía que adormece los sentidos y conduce a la reflexión íntima.

El otoño tiene un componente sentimental que une lo humano con sus orígenes ancestrales y sus tradiciones más antiguas, dictadas por los ritmos y las pautas de la madre tierra, de cuya esencia y alma parece que el hombre se quiere apartar.  

La llegada de septiembre trae consigo, necesariamente, que algo nuevo va a empezar. El inicio de actividades escolares o laborales implica que nos organicemos de manera diferente. Vamos viendo cómo quedan atrás los ecos del verano y avanzamos hacia un tiempo de nuevos planes y proyectos que, como sucedió en años anteriores, después de unos cuantos días olvidamos también dejándolos a un lado, aplazados hasta el próximo año.

Ya sé que no debería caer en el tópico, pero ¿Cómo evitar hablar de los colores, la luz, el atardecer, la caída de las hojas y el rocío mañanero del otoño? Y más teniendo un entorno como el que disfrutamos en esta Cuenca de las pocas alegrías y las muchas carencias, en la que si algo nos sobra es belleza, paisaje y naturaleza en todo su esplendor. Estímulos que consuelan el panorama de soledad y abandono en el que está sumida la ciudad (y  buena parte de su provincia), con pueblos cuasi abandonados y parajes incomparables dejados de la mano del hombre y lugares en los que ya sólo habita el olvido, la ruina y la desidia.

Paisaje desolador, cuajado de infinita melancolía, que en este tiempo de otoño se acentúa aún más, dándonos a entender que en breve no quedará nada que admirar, nada de lo que enorgullecernos. Tiempo de otoño, tiempo de cambio, inicio de nueva andadura que, en el caso de nuestra tierra es el primer paso hacia ninguna parte, a mitad de camino entre la nada y la soledad.

Sin duda alguna que estas primeras líneas que escribo en el recién inaugurado otoño, están bañadas en la alberca de la desilusión y, por qué no decirlo, del desencanto y el pesimismo de quien ya ha vivido varias décadas otoñales.

Cierto es que, por otro lado, el otoño es la estación en a que la tierra se muestra receptiva y pide ser sembrada de nuevo. Abre sus carnes de par en par para recibir la semilla que fructificará en primavera y madurará en verano. Y así siglo tras siglo, hasta agotar los minutos del reloj con los segundos calculados que cada uno llevamos marcados bajo nuestra piel. Tiempo de reflexión, de calma tensa en espera de la tempestad que sin duda llegará y no sabremos dónde guarecernos.

Con el último rayo de sol otoñal que me alumbra, pongo fin a mis palabras, retorno al principio de mi escrito y siento que el día se ha acabado por fin. A lo lejos, suena la melodía de Vivaldi y recupero, al menos por un instante, las ganas de vivir y de creer que mañana no será peor que hoy y que, a pesar de todo, el otoño es tiempo de esperanza.

Pura contradicción, condición del ser humano.

 

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