La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

La verdad (II)


Dicen los entendidos en la materia que “decir la verdad es una manera de empatizar y construir relaciones fuertes y duraderas. Decir la verdad nos hace más humanos, más cercanos y nos permite relacionarnos más y mejor con las personas a las que queremos o con las que tenemos un proyecto en común”.

La reflexión viene al caso, como continuación de la anterior entrega (La verdad), abundando aún más en ella, después de haber escuchado estos días el debate del estado de la nación, en la que nuestros amados dirigentes, se suben a la tribuna de oradores para contarnos tal serie de mentiras,  cuentos y fantasías que ni el mismísimo Disney que reviviera se atrevería a escribir.

Tras siete largos años en los que no se ha celebrado ningún debate es, precisamente ahora, cuando se le ocurre a nuestro querido presidente salir a la palestra y largarnos una larga charla tratando de convencernos de que vivimos en el país de las maravillas, en un país multicolor, con un gobierno sólido y comprometido con los problemas reales del ciudadano, organizado, potente económicamente, bien abastecido de carburantes y con perspectivas de futuro realmente halagüeñas. Vaya, que vivimos poco menos que en la Arcadía feliz de la que tanto nos hablaron los clásicos.

La mentira, o no decir toda la verdad, de forma interesada          ha pasado últimamente a formar parte de nuestra vida cotidiana. Los políticos, nos están acostumbrando a enviar mensajes que nada tienen que ver con la realidad y que, no sólo se reafirman en sus mentiras, sino que a base de repetirlas hacen que algunos crean que son verdad. El peligro no sólo está en quienes las lanzan, sino en quienes ni siquiera se molestan en pensar si el mensaje que se recibe es o no la verdad.

La soberbia es otro de los grandes males de nuestra sociedad, y más si ésta se da en los políticos. Soberbia y vanidad, junto con la mentira, suelen ser componentes peligrosos. Pero aún lo son más si se dan en una misma persona; alguien con el ego tan crecido y pagado de sí mismo que no atiende a razones y llega a creerse el amo y señor del universo; el líder conductor de masas, el ser superior que está por encima del bien y del mal; quien a base de creer sus mentiras, llega a pensar que es el único que dice la verdad.

Muchos son los hombres ilustres que, a lo largo de la historia, han hablado sobre la verdad. Uno de ellos, Ramón y Cajal señaló: “Como hay hombres consagrados de por vida a la defensa de una sola verdad, hay otros votados, a un solo error”. Una frase que viene a la medida de la situación que vivimos. A buen entendedor, con pocas palabras bastan.

 

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