La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

No son estrellas fugaces


Cuatro de la madrugada. No puedo dormir. Miro la temperatura en el digital de la farmacia de mi calle: 4 grados. Levanto los ojos al cielo, y no veo nubes ni estrellas porque la calima que aún perdura lo impide. Intento, en vano, buscar la Osa Menor y reparo que tampoco sabría hacia dónde mirar, porque la gente de tierra adentro -al menos en mi caso- somos algo torpes para eso y nos desenvolvemos mejor en cuestiones de horizontes cercanos, de sierra y hoz, a ras de tierra, que en las negruras de la ‘lejanosfera’. Bostezo poéticamente, eso sí, decepcionado por no saber buscar más allá de mi ventana y vuelvo a la cama para ver si puedo conciliar el sueño. Intento en vano. Abril y su incipiente primavera es lo que tiene: insomnio y desajustes de horario.

Cierro los ojos con fuerza. Doblo la almohada; cambio de postura una y otra vez. No me siento cómodo. El reloj de la mesita de noche marca las cuatro y media; ese tiempo impreciso en que aún no se ha impuesto el amanecer y sin embargo tampoco es plena madrugada. Voy hasta la cocina; abro la nevera y destapo un cartón de leche. Me tomo, de un trago, un gran vaso, y siento que un leve escalofrío me recorre el cuerpo.

Miro por la ventana del patio y descubro que en el pequeño claro por el que adivino el cielo, se vislumbran algunas estrellas diminutas, perdidas en la soledad de la noche. Clavo los ojos en el pedazo de cielo que me corresponde y de pronto, como por arte de magia, las estrellas empiezan a moverse, como si quisieran caer imitando que fueran una fina lluvia de luz, fugaces.

Grandioso espectáculo que, según los entendidos en cuestión de meteoros, se repite varias veces al año, aunque las más famosas sean las que observamos allá por la mitad de agosto, cuando España arde en fiestas y San Lorenzo marca el antes y el después de las esperadas vacaciones veraniegas.

Y mientras veo brillar a lo lejos cientos de cuerpos celestes que se deshacen al entrar en la atmósfera, pienso en esos otros cuerpos terrestres -de brillo mortal- que surcan el cielo ucraniano, enviados por la madre Rusia, sembrando la muerte y la destrucción a un lado y a otro de una frontera alambrada con sangre y fuego.

Acaba el espectáculo de la noche, y las estrellas se diluyen con la claridad del nuevo día que empieza a apuntar por el horizonte. Vuelvo a la cama, retiro la almohada y trato de conciliar el sueño.

Tampoco puedo. Ahora, más que nunca, siento un frío invernal pensando en la guerra, en la devastación que provoca la soberbia y las ansias de poder de los tiranos que, creyéndose dioses, disponen a su antojo de la vida y el futuro de sus semejantes. Se hiela la sangre.

Cierro con fuerza los ojos y trato de alejar los malos pensamientos. Centro la atención en el nuevo mes que estrenamos y viene a mi memoria la vieja canción de José Martí, melodía que tantas veces escuché en la voz de Pablo Milanés.

“Juega el viento de abril, gracioso y leve,
Tras la cortina azul de mi ventana.
Da todo el sol de abril sobre la ufana
Niña que pide al sol que se la lleve.

También el sol, también el sol amado,
-y como todos lo que amamos, sonriente-
Puede llevar la luz sobre la frente.
Pero lleva la muerte en el costado”.


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