La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Notables diferencias


Entre deshacer las maletas y adaptarme de nuevo a la realidad, apenas he tenido tiempo de ver nada ni leer cuatro líneas sobre la actualidad, aunque mucho me temo que el mundo es estos diez días ha cambiado poco y, de haberlo hecho, me hubiera enterado a pesar de haber estado entretenido observando paisajes nuevos, piedras milenarias y desarrollo sostenible del que tanto hablan ahora los políticos. Ya estoy de vuelta y sigo con la rutina.

La verdad es que estos días que he estado fuera de Cuenca, cumpliendo la promesa que me hice de conocer, poco a poco, todas las ciudades Patrimonio de la Humanidad, me han servido para valorar lo que otros tienen y que nosotros no sabemos aprovechar. He visitado Emérita Augusta, y he venido impresionado del nivel patrimonial de la antigua colonia romana. Aunque sea la capital de Extremadura, la ciudad en sí no es que tenga excesivo valor arquitectónico. Es, si se me permite decirlo, un poblachón desparramado que se ha ido extendiendo sin demasiado criterio urbanístico.

La parte moderna de la ciudad es como todas: tiendas, negocios, restaurantes, zona residencial y poco más. Lo que sí me ha llamado la atención es el entramado urbano concebido por los fundadores de la ciudad, allá por el año 26 antes de Cristo, dedicando este espacio a los veteranos de las guerras cántabras, a los que cedieron tierras para que las explotaran. En pocos años, Emérita Augusta se convirtió en una gran urbe, llegando a servir de modelo y referencia a la mismísima Roma.

Durante varios siglos, la huella romana quedo sepultada, pero un buen día a alguien se le ocurrió excavar y ¡oh maravilla!, bajo toneladas de tierra fueron apareciendo los restos de la gloriosa Emérita, plagada de edificios suntuosos, de villas inmensas, de templos y termas, de altares consagrados a los dioses, circo, teatro y anfiteatro, fuentes públicas y, acueducto. Una gran ciudad que esperaba dormida a que alguien la descubriera y, como dicen los modernos, ‘la pusiera en valor’ y le sacara partido en el segundo milenio de nuestra era.

Y a fe que lo consiguieron, porque al Mérida actual, ciudad Patrimonio de la Humanidad, adquirió ese nombramiento por derecho propio, por sus grandes monumentos, por su herencia histórica y por su cuidado y defensa del gran legado romano.

No cabe duda de que Mérida supera a Cuenca en cuanto a patrimonio que mostrar, pero también la supera en algo que está al alcance de todos nosotros: la limpieza, el cuidado de sus monumentos, la sensación de que el patrimonio es de todos, donde no se ve una sola pintada en las paredes, donde se cuidan los parques púbicos, donde el visitante puede disfrutar sin prisas de lo que la ciudad ofrece. Miles de turistas al cabo de la semana, cientos de miles al año… Eso sí es una ciudad turística con mucho que ofrecer y que merece la pena visitar. ¡Ah!, se me olvidaba el espléndido Museo Romano, instalado en un edificio diseñado por Rafael Moneo, en el que las dimensiones de la instalación compiten con la majestuosidad de lo que en él se exhibe. ¿Dije Moneo? Sí, el mismo despacho de arquitectos que construyo en Cuenca el famoso ‘Bosque de Acero’, con una notable diferencia: el Museo está lleno de visitantes que dejan su dinero en la ciudad y el ‘Bosque de Acero’ es una ruina inútil de la que nadie se acuerda, ni nunca ha explicado para que sirve y quién fue el ‘genio’ que ideó tal esperpento. Patrimonio de la Humanidad somos las dos ciudades, pero… hay notables diferencias entre una y otra. Si tienen un poco de tiempo, visiten Mérida.

 

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