La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Paisaje de nostalgia


Superada la frontera del insípido octubre, entramos en el mes otoñal por excelencia: Noviembre. Treinta días más de plazo para vivir, que vienen marcados por la idea de la muerte, la desaparición y, quien sabe, si la vuelta a empezar desde el punto de origen. Noviembre viene cargado de colores y sabores: el ocre de las hojas caídas se mezcla con el amarillo de los frutos moribundos y el rojizo del atardecer. El dulce de calabaza sirve de anticipo al empalagoso almíbar de la navidad cercana. Tiempo de silencio, de observación de la naturaleza, de sentimientos arraigados, de lamentos de ausencias, de reproches por los abrazos que no dimos, por los besos que negamos, por las excusas que inventamos para acallar la conciencia.

A pesar de todo, noviembre otoña, nos invita a la reflexión y hace que aflore la madurez al pensar en lo trascendental del ser humano, aunque no podamos desprendernos de la melancolía que nos invade y perturba nuestro estado anímico y emocional. Un proceso que los científicos achacan a los cambios de ritmos diarios de luz y oscuridad a los que nos vemos sometidos. Unas variaciones que, sin embargo, influyen positivamente en nosotros al permitirnos apreciar el espectáculo visual que transforma el paisaje con su variedad de colores.

Olores, colores y sabores al margen, para mí, el otoño es tiempo de cambio, de renovación, de revolución interior meditada, serena. Una revolución de ideas, de forma de pensar y de sentir, de búsqueda de sensaciones, de motivación para seguir en el camino, aunque a veces flaqueen las fuerzas y no tengas la certeza de estar en el sendero correcto. Momentos de pausa, de miradas atrás con el propósito de no volverá cometer errores, de enmendar los ya cometidos, de búsqueda de las palabras justas donde se esconde la verdad.

De momento, y en tanto persigo el imposible, sólo me queda el recurso de escribir estas cuatro líneas recordando al viejo poeta fracasado que pasó toda su vida atrapando versos enrabietados, consciente de que sus ideas se fueron por la borda de un barco a la deriva que nunca llegaría a puerto.

 

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