La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Pan y circo


Me aburre soberanamente la televisión. Estoy harto de política, de elecciones, pactos, declaraciones huecas y de personajes que se dedican a soltar por su boca lo primero que se les ocurre, sin reparar lo más mínimo en que hay gente que cree a pies juntillas lo que oye en la caja tonta o lee en los papeles. Da igual lo que le cuenten; el caso es que se diga en voz alta y muchas veces repetido, ya que como dijo el tarado de Göebbels: “una mentira, repetida mil veces se convierte en una verdad”.

Todo aquel que se dedica a la cosa pública, sea del partido que sea, lo primero que aprende es a desvirtuar a realidad, acomodarla a su conveniencia y darle a su público lo que quiere oír. Y digo oír, y no escuchar, porque si de verdad escucháramos con atención, a buen seguro que las urnas estarían menos llenas.

No, no vayan a creer que lo que hacen nuestros amados representantes electos es algo improvisado, porque la realidad es que son estrategias bien estudiadas por avispados asesores, expertos en comunicación, a las órdenes de las cúpulas del poder.

Y así nos tratan, como si fuéramos niños de doce años, manipulables, fáciles de impresionar y de dirigir, haciéndonos ver su realidad, a la vez que manipulan nuestra voluntad. Lo hacen con sutileza, porque traman sus estrategias con armas letales pero a la vez imperceptibles. Una de ellas es la educación: cuanto más ignorantes, más manipulables. Otra es la de utilizar resortes emocionales para anular la racionalidad y con ello destruir el menor atisbo de sentido crítico.

Uno de los elementos primordiales de la manipulación a la que nos vemos sometidos es provocar la distracción entre la gente, desviando la atención del electorado de los problemas realmente importantes, a base de bombardeos masivos de información sobre cuestiones insignificantes, vacías de contenido e incluso invenciones fabricadas para el entretenimiento. Los romanos, padres de nuestra cultura y maestros en infinidad de materias lo llamaban ‘Panem et circenses’, que en román paladino viene a decir que: los gobiernos, para mantener tranquilla a la población y ocultar hechos controvertidos lanza a las masas alimento y entretenimiento de baja calidad como bálsamo y panacea de nuestros males. Mientras menos pensemos, menos problemas creamos a los ilustres que hablan sin decir nada.

Frases hechas, lugares comunes, obviedades y retahílas de idioteces están a la orden del día en cualquiera de los mítines que nos tragamos a diario como píldoras doradas en cada informativo. Cuanto más espeso, menos comprensible y, por tanto, más manipulable. 

La pandemia -y sus daños colaterales mediáticos- son claro ejemplo del batiburrillo que tenemos en la cabeza. En la mayoría de ocasiones no sabemos a qué o a quién hacer caso. Unos contradicen a otros y éstos a su vez a sí mismos. Total: caos, desinformación y desconcierto, a pesar de la saturación de datos a los que nos vemos sometidos que no hacen más que confundirnos más de lo que ya lo estamos. El exceso nunca es bueno.

No sé si me estoy extendiendo mucho en este intento de columna, pero lo cierto es que se me agota el tiempo de ocio y he de volver a mis otras devociones. Tengo que verme los dos capítulos atrasados de Rocío Carrasco. Aún no he visto la final de ‘La isla de las tentaciones’; me queda por ver el final de ‘Amar en tiempos difíciles’; informarme sobre si la Pantoja demanda a su hijo o se mete a monja y, por supuesto, disfrutar con los partidos de fútbol que ponen a todas horas en cualquier cadena de pago.

¡Para que luego digan que no tenemos dónde y cómo entretenernos en el día a día! ¡Con la cantidad de cosas que hay que ver y vamos a fijarnos en los problemas del país! 

No tenemos derecho a quejarnos. Panem et  circenses.  

 

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