La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Carpe diem


Por fin le vemos la cola al mes de mayo. Atrás quedan la explosión de flores, los cánticos de ronda, el homenaje a las madres, las comuniones, bautizos y alguna que otra de las muchas bodas aplazadas del año anterior.

Mayo es el mes en el que se levanta la veda y damos rienda suelta a las sensaciones, al disfrute, al goce sin medida. Mayo es la exaltación del amor desbocado, como bien lo describía Hernández en su ‘Romancillo’ dedicado al quinto mes del calendario.

Podría parecer, por el pequeño balance que hago de mayo, que me alegro de que se acabe, pero en el fondo no es así. Y no lo es, porque al margen de las obligaciones y compromisos sociales a los que nos vemos sometidos, este mes ha sido uno de los mejores que he vivido en los últimos años. Sin duda.

Si hubiera que repasar todo lo acontecido a lo largo de 31 días diría que ha sido altamente positivo en todos los sentidos. He vivido mayo con incertidumbre y nervios; con esperanza e ilusión renovada. He vuelto a sentarme, sin prisa, en el rincón de pensar. Sí, en ese lugar que tanto mencionamos y al que pocas veces acudimos a reflexionar sobre lo que nos está sucediendo.

Mayo ha sido mes de encuentros, de recuperación de amigos, de abrazos sinceros, de miradas de complicidad, de vivencias del pasado; de nombres y hombres, de confianza en mí mismo. En definitiva, un mes en el que he vuelto a renacer, a percibir que todo tiene sentido de nuevo; de las pequeñas cosas, del latido de corazón como si por él no hubieran pasado más de seis décadas.

Todo empieza y todo acaba, pero lo que importa es cómo lo hemos vivido; si hemos sido capaces de exprimirle hasta la última gota de zumo, apurando el vaso de esperanza que cada día nos ofrece la vida.

Superada la barrera invisible de las sensaciones, entramos de lleno en el prólogo de las vacaciones, del disfrute playero. En junio se renueva la vida; llega el verano, aprovecharemos, como si no hubiera un mañana, el día más largo del año y la noche más corta, (aunque a algunos les pese que dure tan poco la oscuridad).

Gocemos el presente. Pensemos en superar cada jornada como si fuera la última que nos toca vivir. El pasado ya no existe y el futuro está por llegar. Lo único que cuenta es hoy y solo hoy. ¿Para qué teorizar sobre años venideros, de felicidad a largo plazo? ¿Quién piensa ahora en lo que sucederá o cómo estarán (o estaremos) allá por el 2050? Ni lo sé, ni me importa lo más mínimo. Me conformo con aplicar la máxima del clásico: Carpe diem, y confiar en poderla repetir cada amanecer.

Para concluir, un último deseo: sean moderadamente felices o, al menos, inténtenlo. Merece la pena.

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