La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Paréntesis veraniego


Escribo con premura estas líneas, antes de que acabe el mes de julio. Hace calor, y las pocas neuronas que aún funcionan, empiezan a desconectar y a dar la señal de alarma, de hastío e incluso amenazan con la rebelión. No sería extraño porque julio, y así lo confirma la historia, es el mes de las revoluciones y las algaradas que preceden al cambio.

El calendario manda y marca los tiempos, aunque deberíamos plantearnos si el fin de año, en vez de celebrarlo el 31 de diciembre, bajo cero y sin salir mucho a la calle, no sería más conveniente que lo hiciéramos el 31 de julio, en plena canícula, y diéramos paso al merecido descanso agosteño para empezar el año nuevo en septiembre, ya con las pilas cargadas y el depósito lleno de buenas intenciones (que en la mayoría de los casos quedan en el olvido).

Y en éstas estamos, sí, con la maleta abierta de par en par, seleccionando qué o qué no llevarme al viaje que voy a emprender. Mientras descuelgo camisas del armario y busco las zapatillas deportivas; revuelvo cajones para encontrar una linterna, busco las gafas (para leer), selecciono un par de libros, y hago acopio de cigarrillos, pienso que en esta ocasión lo que voy a emprender es un viaje a ninguna parte. Un camino hacia lo desconocido, plagado de restricciones e inconvenientes. Aun así, me arriesgo a dar el paso y asumo el riesgo que todo viaje conlleva.

Digo que tengo la maleta a medio hacer, pero lo que no sé todavía es el rumbo. Esa es una decisión que tomaré una vez sentado y con las manos puestas sobre el volante del coche. Tengo claro que saldré de madrugada, como hago siempre, y seguiré las mismas rutinas, como buen animal de costumbres que soy. Miraré las estrellas, y sin pensarlo dos veces seguiré el rastro de la que más brille en ese momento, sin pensar en más; dejándome llevar por el instinto, salpicado con algunas gotas, no muchas, de una esencia escasa y poco valorada hoy en día: sentido común.

Siempre me pasa lo mismo. Antes de emprender un viaje, pienso en el que hice el pasado año, y trato de no repetir los mismos errores. En esta ocasión, tengo la certeza de que no me sucederá lo mismo que en anteriores ocasiones, y no es porque sea más precavido; simplemente es porque llevo un par de calendarios sin poder viajar nada más que al supermercado, aunque lo cierto es que, sin moverme de mi casa, descubrí mundos desconocidos y viví situaciones que han marcado para siempre mi existencia, mi forma de ser y de entender la vida.

El reloj manda, y el tiempo previsto para esta última columna de julio llega a su fin. Sí, ya sé que estas líneas suenan a despedida, y en realidad lo son. Es una despedida corta, sencilla, sin pañuelos ni adioses que se eternizan. Un adiós con guiño de complicidad, confiando en que al regreso (si todo va como espero), volvamos a encontrarnos en estas páginas y con los ánimos renovados.

Procuren ser felices y, como decía el protagonista de ‘Canción triste de Hill Street’: “tengan cuidado ahí fuera”.


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