La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Que por mayo era, por mayo...


Iniciamos mayo, mes de la flor y los cantos al amor y al despertar de la naturaleza. Mayo, por fin, llega cargado de esperanza, aunque en el recuerdo sea el mes en el que quienes no habíamos estudiado nada durante el curso tuviéramos que acelerar el paso y procurar que los temidos exámenes salieran bien y no quedara ninguna asignatura pendiente para septiembre. Tempus fugit.

La tradición manda, y estos días del recién estrenado mes, vienen a la memoria el canto de ronda de los viejos juglares y el rumor cálido de los versos de Hernández. “Al fin trajo le verde mayo, correhuelas y albahacas/ a la entrada de la aldea y al umbral de las ventanas…”.

Lástima que un mes tan hermoso y deseado, se empañe por la sempiterna campaña electoral con la que casi se va a despedir. Sí, porque en vez de pensar en disfrutar, en gozar de la buena temperatura y del perfume de las flores, aspiramos el hedor de las mentiras y falsas promesas de los candidatos que buscan perpetuarse en el cargo o quienes optan al poder. Unos y otros suelen decir lo mismo: prometer, prometer y prometer, para luego incumplir sin ni siquiera poner excusas, aunque siempre vendrá bien echarle la culpa a la pandemia, la guerra de Ucrania, la crisis del combustible o el canto del mirlo colorado, para embaucarnos de nuevo con sus compromisos y volver a jugar con las ilusiones de un futuro mejor.

Veintiún días nos quedan para que llegue el gran momento. Largos días de últimos esfuerzos, como los malos estudiantes, para tratar de convencer al ‘cliente’ de que el crecepelo que venden es efectivo y sirve lo mismo para alargar la melena o para quitar una mancha. Puros cuentos de buhonero que sigue colocándonos el elixir de la eterna felicidad.

Mayo de primavera disfrazada de verano adelantado; mayo mes del cortejo amoroso, de la felicidad efímera, del perfume a paraíso y cantos de grillo en la atardecida en calma. ¡Lástima que tenga que ser en este mes cuando unos y otros busquen afanosamente ‘El disputado voto del señor Cayo’… Una gran película que acabo de volver a revisar y me ha sorprendido lo mucho que hemos cambiado desde aquella España en la que se desarrolla la trama y la actual. ¿Dije que hemos cambiado? Pues me desdigo, porque la realidad es que en cierta medida seguimos igual que entonces: todos buscan lo mismo. Y en medio de la nada, el señor Cayo, ajeno a vaivenes y campañas; acompañado de su sola soledad, de su vida sin más complicaciones que las necesarias. Un voto útil o inútil, según se mire…

Después de ver la película, confieso que me quedó un regusto amargo y ganas de volver a verla otra vez más para afirmarme en que nada ha cambiado. Quisiera haberme equivocado, y ver la vida como una película con un desenlace menos pesimista.

Y lo cierto es que no sería difícil que esto ocurriera. Bastaría con que nuestros queridos políticos, tras haber pasado cuatro años sin haber movido un dedo, salieran a la palestra y empezaran su discurso diciendo: “Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación. Y esta explicación que os debo, os la voy a pagar”. Claro que, Pepe Isbert solo hubo uno, y alcaldes que no cumplen los hay a miles.


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