La Opinión de Cuenca

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Sobrevivir


Una pequeña mochila y un par de cartones componen el equipaje de Tomás. Pasa más de diez horas en la calle, sentado, con la cabeza entre las manos, soportando el intenso frío que hiela hasta las palabras, aunque lo que más le deja helado es la indiferencia de la gente.

Las estadísticas señalan que en España viven en la calle alrededor de 50.000 personas. La mayoría de ellas, en edades comprendidas entre los 40 y 65 años. Aunque el perfil del transeúnte es muy variado, una gran parte de quienes se encuentran en esta situación suelen ser personas sin familia – producto de separaciones traumáticas- con hijos, problemas de alcoholismo y, en muchos casos, enfermos como consecuencia de la vida en la calle y la precaria alimentación o cuanto peor, azotados por la pandemia sin opción a vacunas ni atención sanitaria.

Son muchos, y cada uno es un mundo aparte. Tomás, como el discípulo, necesita ‘ver para creer’, porque ya no confía en nada ni en nadie, y menos en quienes dicen que le van a ayudar, que pueden sacarle de esta situación y luego a la hora de la verdad, le dejan tirado.

Tomás se frota las manos intentando que entren en calor. Sentado sobre su pequeño equipaje, mira de reojo la bandeja donde los viandantes depositan unas monedas que ayudan a aliviar el día a día de este nómada impenitente, que ha recorrido toda España en busca de un lugar en el que poder descansar a salvo de fríos, desaires y penurias.

“La gente es generosa, pero no tanto como antes, porque anda muy necesitada”, dice, mientras hace un gesto de agradecimiento hacia la persona que acaba de dejar un par de monedas. “No me avergüenza pedir, pero tampoco me siento cómodo, porque toda mi vida he trabajado y prefiero ganarme lo que me como que tener que mendigar, pero no tengo más remedio”, dice.

Hace tiempo, mucho tiempo, tuvo a su cargo una treintena de empleados en una superficie comercial en México, desde donde regresó a España para reencontrarse con la cruda realidad de la falta de un empleo. “Ni siquiera pido nada estable, sino temporal, que me permita sobrevivir. A mi edad -64 años- y con mis limitaciones, por la enfermedad, comprendo que nadie me de un trabajo fijo, pero tampoco es justo que me lo nieguen porque prefieran a gente más joven que yo”, comenta con cierto aire de agravio. “Mucha gente piensa que estamos así porque queremos. Cierto es que muchos de los que viven en la calle han elegido este medio de vida y en ocasiones lo han convertido en negocio: pedir era rentable hasta hace años, pero ahora, quien estamos en la calle es por verdadera necesidad, no por gusto”. Desarraigado de la familia, la poca que le queda es lejana, y no quiere saber nada de él. Tomás se levanta cada día con la esperanza de acabar una nueva etapa que le permita alcanzar la meta: sobrevivir un día más.

Duerme en los albergues, pero sólo un par de días o tres que es el máximo que le permiten estar. A partir de ese momento, debe seguir buscándose la vida donde pueda. Así un mes y otro y otro, sin saber dónde está el final de este ‘correcaminos’ que recaló en Cuenca hace un par de semanas, sobreviviendo en las aceras “de la buena voluntad de la gente”.

Tomás emprenderá de nuevo el viaje a ninguna parte. Un camino en el que encontrará a otros tantos que, como él, buscan sin hallar un sitio en el que poder dejar el pesado equipaje que cargan, aunque a primera vista pueda resultar ligero.

La historia se repite. “Otra ciudad y otra gente”, dice Tomás, quien no huye de la compañía, aunque tampoco la busca. “Bastante tengo con mis problemas, como para conocer los de los demás”, comenta con tono un tanto egoísta. “En estas circunstancias es difícil hacer amigos. Todo el que se te acerca, en tu misma situación, lo hace por algún interés. Ya son muchos años y muchas malas experiencias las que he tenido, y por eso sigo el refrán: ‘mejor solo que mal acompañado’. Si alguien coincide en el camino, bienvenido sea, pero de ahí a ser compañeros de viaje, va un abismo”.

Mientras hablamos, La gente pasa a nuestro lado, mira y retoma el paso, ligero, de vuelta a sus asuntos. Tomás saca las manos de los bolsillos, las frota con fuerza y las mira. Vacías. No levanta la mirada y apenas susurra: “¿Tienes algo para un café con leche? Tomé uno esta mañana pero mira las horas que son”, dice. Echo mano al bolsillo y rebusco unas monedas que le entrego en mano, no en la bandeja. “¡Joder!, con esto me alcanza para un bocadillo y un par de cafés con leche con algo que mojar”, comenta con una sonrisa y gesto de agradecimiento.

Le devuelvo la sonrisa y me despido: “¡hasta mañana, amigo!”. Él levanta la cabeza y pone la mano a modo de visera que evite el contraluz.

“¿Hasta mañana? ¿Tan seguro estás de que hay mañana…?”

Esta vez, el que se queda helado soy yo. No respondo. Me giro y retomo mi camino. Regreso a la intranquila tranquilidad del teclado del ordenador, a la insegura seguridad del futuro, a la incómoda comodidad que tan poco valoramos. Y mientras regreso a mi mundo, acude a la memoria la letra de una vieja canción… “Anónimos y desterrados/ en el ruidoso tumulto callejero/ con los vientos en contra va el ciudadano/ los bolsillos temblando y el alma en cueros/ rotos y desarraigados/ hablando a gritos/ golpeando los adjetivos precipitadamente. ¿A quién le importarán/ tus deudas y tus deudores?... (Ciudadano. J.M. Serrat)

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