La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Sociedad enferma


La Organización Mundial de la Salud, en su último informe, califica la violencia juvenil como “verdadero problema de salud pública a nivel mundial”. Las cifras que ofrece el organismo son realmente escalofriantes ya que cada año se producen en todo el mundo alrededor de 200.000 muertes violentas entre jóvenes de edades comprendidas entre los 10 y los 29 años, datos que suponen un 43% del total anual mundial de homicidios. El informe incluye una serie de actos que van desde la intimidación y las riñas al homicidio, pasando por agresiones sexuales y físicas más graves.

A tenor de estos datos, sólo cabe pensar que vivimos en una sociedad enferma, carente de valores y en la que se puede actuar con total impunidad sin el menor temor al castigo, y sobre todo en países como el nuestro, en el que el ‘buenismo’ impuesto por los distintos gobiernos haya convertido en normal lo que hasta hace unos cuantos años era la excepción.

Lo peor de todo, con ser tremendamente grave la muerte de un ser humano, es que nos estamos acostumbrando a ver cada día en los informativos de todas las cadenas estos delitos graves sin apenas prestarles más atención que a la sección de deportes o a las predicciones meteorológicas. Triste, pero real como la vida misma.

Ante tal problema, la respuesta de los sociólogos y psicólogos, deja bien claro las causas que originan esta situación, estableciendo dos categorías como factor de riesgo. Una de ellas, la individual, en la que se engloban: el déficit de atención, hiperactividad y otros trastornos conductuales, delincuencia, consumo temprano de alcohol, drogas y tabaco; nivel intelectual bajo; malos resultados académicos y exposición a violencia en la familia, sobre todo por malos tratos entre sus progenitores.

En la segunda categoría los desencadenantes de la violencia juvenil vienen determinados por la escasa vigilancia y permisividad de los padres hacia los hijos; el deprecio por nuestros mayores, la poca o nula participación de los padres en las actividades de los menores, y aún añaden una más y no por ello menos importante: la calidad de la gobernanza de un país, sus leyes (y su grado de aplicación), así como la normativa de educación y protección social.

En vista de los datos, resulta desesperanzador el futuro que nos aguarda en un mundo cada vez más globalizado, que a pesar de los avances tecnológicos (descomunales respecto al siglo pasado), se percibe cada día un retroceso en las relaciones humanas, agudizado este síntoma por la pandemia que nos ha tocado vivir, y a la que culpamos de muchos de nuestros males, sin pararnos a pensar que el problema no es solamente el virus que se contagia y causa millones de muertes en todo el mundo, sino la deshumanización que se ha adueñando, hasta convertirnos en máquinas sin sentimientos, tecnológicamente desarrollados, pero incapaces de empatizar con quien tenemos a nuestro lado.

La solución a este mal que padecemos, no la tienen ni los científicos, ni los laboratorios que crean las vacunas. Contra la intolerancia, la estupidez y el egoísmo no hay remedio posible, ni se espera que los que nos gobiernan se decidan a invertir en poner freno a la locura colectiva que poco a poco se va adueñando de todos nosotros. Los primeros 20 años del siglo XXI ya sabemos lo que están dando de sí. Lo que de verdad resulta preocupante es lo que aún está por llegar y la clase de mundo que legaremos a quienes nos sucedan. Tempo al tiempo.


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