La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Solo en la ciudad


Cuenca, 28 de mayo. Cuatro y media de la tarde. La ciudad parece desierta; apenas unos cuantos coches transitan por las calles vacías. Los comercios cerrados, algunos de ellos hasta el próximo miércoles. Asomado a la ventana, aspiro lentamente el humo de un cigarrillo. Nadie pasa por la calle.

Hace tan solo unas horas, el panorama era bien distinto. Prisas, ruidos, tiendas abiertas; ir y venir frenético, recogiendo apresuradamente las cosas para meterlas en el maletero del familiar y emprender la aventura playera del largo y cálido puente-fin de semana que acaba con mayo y da la bienvenida a junio.

Cuando escribo estas líneas, ya estarás lejos, muy lejos de aquí. Cuando estas líneas vean la luz y leídas por alguien que aún queda en la ciudad, tú ya estarás en la playa aprovechando los rayos de sol. Tal vez hayas decidido perderte en la España vacía, comiendo cocido maragato en Castrillo de los Polvazares, visitando Castillejo de Azaba, Santillana del Mar o recorriendo las empinadas cuestas de Taramundi. El caso es salir de aquí, alejarte del ‘paraíso cotidiano’ buscando nuevos horizontes, mares infinitos, montañas tapizadas de verde que en nada se parecen al gris de las hoces que tanto conoces. Ansías salir del círculo vicioso de tranquilidad inmóvil y buscas ajetreo, nuevas sensaciones y distintos atardeceres.
Sé que te has marchas, porque te vi pasar cargado con tu equipaje, calzando tus zapatillas deportivas y esbozando una sonrisa de día de fiesta, de niño de primera comunión. Tú no echarás de menos nada de la ciudad, pero ella y yo, si notaremos tu ausencia.

Ahora que Cuenca en primavera está hecha un cromo, que huele a paraíso, que las noches son cálidas y se escuchan los últimos mayos, aprovechas el primer fin de semana largo que se presenta para marcharte. No te lo reprocho, no. No soy quien para decirte lo que debes o no debes hacer. Lo que sí me parece es que eres uno más de los que huyen de la ciudad y luego se quejan del poco arraigo que los conquenses tenemos a nuestras tradiciones. Tiras la piedra y escondes la mano. No es un reproche, es una realidad.

Claro que tú me dirás que buscas fuera todo aquello que no tienes en la ciudad. Buscas rebajas en los grandes almacenes; buscas anonimato entre gentes distintas; calles por recorrer; aires por respirar, dejando atrás la rutina del día a día. Y en ese sentido, te doy la razón, aplaudo tu decisión y aún más, la comparto, aunque yo sea de los que me quedo asomado a la ventana mientras tú embarcas en el autobús y pones rumbo a cualquiera de los puntos cardinales, pesando en huir, sin mirar atrás.

En fin, mi querido lector-viajero, amante de las escapadas de puente. Espero que disfrutes todo lo que puedas de estos días de asueto. Deseo con todas mis fuerzas que lo pases bien, que regreses lleno de sensaciones positivas, a tope de buenas vibraciones. Mientras tanto, yo vigilaré la ciudad desde mi ventana, aspirando el humo de unos cuántos cigarrillos. Con la sensación de soledad que tú y yo sabemos que sobrevuela nuestra ciudad cada fin de mes de mayo. La España vacía es una realidad palpable. Urbe vacía, silenciosa, decadente. La Cuenca eterna que espera ver pasar alguna oportunidad de poder dejar atrás el mal sueño de su inmovilismo conformista. Feliz puente, querido amigo. No te preocupes, cuando vuelvas, todo estará en su sitio; nada habrá cambiado, como ha sucedido siempre.

 

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