La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Tambores lejanos


Volver al tajo después de un corto descanso siempre cuesta un poco. Y más, cuando la primavera se ha mostrado esplendorosa y nos ha hecho renacer las ganas de vivir, de pasear, de salir a la calle y encontrarnos de nuevo con viejos amigos, rincones cuasi olvidados y sensaciones anestesiadas por el dolor y la tragedia vivida en estos dos últimos años.

Así pues, retomo el camino, con cierta premura, dejando atrás el sonido de tambores y cornetas cercanos, y regreso de nuevo al ruido de la actualidad que me desborda.

Quedan en el recuerdo las calles de Cuenca llenas de gente. Bullicio y alegría desbordada, terrazas llenas a rebosar, plazas hoteleras casi al completo y la sensación de que la vida, a pesar de todo, sigue latiendo y que por más que nos la amarguen unos cuantos, somos mayoría los que deseamos disfrutar de las pequeñas cosas que son, en definitiva, las que nos hacen ser felices, aunque estemos rodeados de pájaros de mal agüero y de noticias que enturbian los momentos de alegría.

Cirios e inciensos al margen, el devenir cotidiano viene de nuevo marcado por acontecimientos que hacen pensar en la estupidez del ser humano. Nuevos ataques en la guerra de Ucrania. Nuevas víctimas de violencia de género. Ladrones de guante blanco que campan a sus anchas sin que nadie ni nada los detenga. Duques que andan de feria en feria, de yate en yate, contando euros en la saca como quien cuenta los plazos de la hipoteca que aún queda por pagar, temblando porque vence el plazo y no sabe si va a poder cubrir gastos. Realidad pura y dura.

Echo de menos estos días al búho, a quien no he visto desde hace más de un mes. La última vez que tuve contacto con él, lo noté tristón y alicaído. No me atreví a preguntarle, porque él, cuando anda bajo de moral, lo mismo te contesta con un exabrupto, que chaquea el pico en señal de mandarte a hacer puñetas. Cosas del búho. Ya saben cómo las gasta cuando se enfada o se entristece.

A pesar de su carácter, me mantengo firme en mi cariño hacia el plumífero, porque en los malos momentos que uno ha atravesado, ha sido el único y fiel compañero que no me ha dejado. Los amigos están más para las duras que para las maduras. Los conocidos son otra cosa, ya saben.

Pues bien, superada la semana pasional, sólo queda esperar con paciencia franciscana que el tiempo cambie definitivamente a mejor, y que mayo venga cargados de flores y canciones, de soles y esperanzas, y con él, vuelva el amigo noctámbulo a contarme sus cuitas para que yo se las pueda seguir contando a ustedes, siempre con su permiso, porque de lo contrario podría cometer el delito de violar su intimidad y ser acusado de violar la ley de protección de datos. Una ley que, dicho de paso, me parece la mayor estupidez que han podido inventar. Lo digo, porque dicha ley se la pasan por el arco de triunfo las compañías de telefonía que disponen de tus datos y te marean con ofertas y regalos. Esa misma ley que vulneran mil veces, es la que no te permite que preguntes en la recepción de un hospital, por un enfermo que vas a visitar y no sabes en qué planta ni en que habitación se encuentra. ¿Eso es una ley o una idiotez? Ustedes tienen la respuesta. Yo hace tiempo que la he contestado.


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