La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Un conquense en la Villa y Corte


El pasado 15 de mayo, el escritor y periodista conquense Raúl del Pozo, recibía la Medalla de Honor de la ciudad de Madrid. Un galardón más que viene a sumarse a la cantidad de premios que, a lo largo de su larga vida en el mundillo de las letras, ha recibido este ‘viejo zorro’ del periodismo, que comenzó su andadura en el modesto periódico local y supo despegarse del terruño y buscarse la vida en la capital del reino.

Aquel mozalbete de Mariana, rebelde, inquieto, bohemio y espabilado, que paseaba novias desde Carretería a la Ventilla, pronto supo que la mejor manera de crecer e intentar triunfar estaba en el poblachón manchego (así es como él define a Madrid), donde se daban cita los grandes escritores. Y allá que se fue, en busca de aventuras y de un futuro mejor.

Cuenca lo parió y Madrid le enseño a mostrar los dientes, a luchar y a sobrevivir. Quiso volar y supo cambiar a tiempo los aires serranos cargados de aromas de mayos, por las madrugadas bohemias y marginales de la gran urbe -o ubre-, de donde mamaron tantos y tantos grandes periodistas, contadores de cosas y casos, descubridores de amaneceres, con la última copa en la mano o recostados en un rincón de San Ginés, tras una noche inolvidable…

Raúl asistía a las tertulias y aprendía de los dioses del olimpo literario, y supo aprovechar las oportunidades que la vida le fue dando a base de trabajo y constancia, de osadía y atrevimiento, seguro de su valía y convencido de que él era uno más entre los elegidos. Supo rodearse de los mejores y aprendió de ellos. Y pasado el tiempo, fue uno más.

Muchos lo han comparado con su buen amigo, y maestro, Umbral, aunque la semejanza es lejana, ya que Raúl no cultiva el ‘dandysmo’, sino más bien el estoicismo y la distancia del patricio romano. Lejanía aparente, coraza sin duda, que esconde timidez. Sin embargo Raúl sigue conservado el aroma de los viejos periodistas de siempre. Huele a redacción antigua de máquina de escribir, café a deshora, cita clandestina con el informador de turno y cigarrillo rubio sin boquilla entre los labios. Pluma afilada y lengua aún más puntiaguda y cortante. Puro estilo.

Ahora, lejanos los años de juventud y madurez, el periodista pasa el tiempo a salvo de miradas y comentarios. Degusta una copa de vino, repasa las notas para una próxima entrega y suspira al contemplar el paso del tiempo y rememora el ayer que nunca volverá.
A pesar de todo, sigue siendo el mismo rebelde de siempre, amigo incondicional, inconformista e inquieto. Y sueña, sin dejar de ser fiel a la realidad. Todo un personaje. Todo un niño hecho hombre que sigue el camino de la sinceridad.


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