La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Un globo, dos globos, tres globos...


Confieso que me he dejado llevar por la nostalgia. Lo digo porque al intentar escribir esta nueva entrega semanal, me planteé varios temas de actualidad, pero al final ninguno de ellos me resultaba atractivo y decidí echar mano de la memoria y buscar en el baúl del recuerdo algo o alguien que mereciera la pena ese pequeño esfuerzo de relatar algo sobre esa figura. Y lo encontré. Fue sencillo, porque la idea me vino a raíz de las noticias de la aparición de globos en distintos países. Sí, ya saben de qué hablo, ¿verdad? Unos dicen que son globos sonda; otros que globos espías y otros, los más entusiastas, que son ovnis que han empezado a visitarnos con mayor frecuencia con la que lo hacían hasta ahora. Total, que pensando en las distintas opciones vino a mi memoria la imagen de Gloria Fuertes y rebusqué en el desván del olvido su vida y su obra.

Recuerdo que cuando me enteré de su muerte, tras una penosa enfermedad, sentí su pérdida tan cercana como mi lejana infancia de versos incompresibles para el niño que fui, quien también murió sin despedirse, en silencio.

Para Gloria era obligatorio hacer versos, tener mitos, atar los bigotes al tigre, mandar telegramas de urgencia, ser cabra sola y predicar, o intuir, que Dios está desnudo. 

Nunca llegó a disfrutar de la vida en plenitud, y mucho menos del éxito. Fue siempre por los senderos marginales, apartados de modos y modas; poeta de guardia de los desvalidos, compañera de soledad provocada. Sola aunque siempre rodeada de sombras, sola porque nació para poeta o para muerto, que en definitiva viene a ser lo mismo. Ella dejó claro que no mata la calidad sino la cantidad. Sabia ignorante, culta analfabeta, despojada de halagos.

Para Gloria, escribir no era ni riesgo ni aventura; era un veneno con el que supo envenenar con penas de mentirijillas, con la ironía del verso roto y la palabra con intención.

Años después de tu muerte, recuerdo tu rostro amable, redondo, de muñeca rota, iluminado por el suspiro de satisfacción ante el trabajo bien hecho. Leo y releo de nuevo tus poemas y ahora comprendo, por fin, la intención de tu palabra y de tus silencios. Nos dejaste para siempre y para la eternidad quedaron historias para contar, quienes te conocimos; pensamientos para guardar y versos para recitar cuando nos ahoga la pena.
Gloria al fin y al cabo. Frustración por no poder rescatar aquellos ‘Tres globos’ que volaron al infinito, atados con el débil cordel de la ilusión.

Te fuiste, Gloria, para vivir definitivamente en el paraíso de los inocentes, para disfrutar de la gloria que siempre te negaron. Nos dejaste aquí, con un palmo de narices, y huérfanos de poesía, sin saber si los globos que vemos aparecer ahora en el cielo eras tú quien los lanzas para que esbocemos una sonrisa. “Un globo, dos globos, tres globos. La tierra es un globo que se me escapó”.


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