La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Una canallada más


Los dedos resbalan sobre el teclado, más que con prisa, con indignación y rabia. Las noticias no cesan de bombardearnos con nuevas imágenes del genocidio que Vladimir Putin está llevando a cabo en Ucrania. Cada minuto que pasa aumenta el número de muertos, civiles en la mayoría de los casos, aunque lo de menos es que sean militares combatientes o simples ciudadanos que vivían en paz y de repente se han visto sorprendidos por la barbarie y la crueldad de un asesino despiadado que no duda en borrar del mapa poblaciones enteras con tal de conseguir doblegar un pueblo que desea vivir en paz.

La última ‘hazaña’ de este gran hijo de Putin que gobierna Rusia, ha sido la de bombardear y arrasar por completo un hospital infantil, causando la muerte a centenares de inocentes. La crueldad de este ser despreciable no tiene límites. No sólo ataca a ciudadanos indefensos sino que se ceba en los más débiles, arrancando de raíz cualquier atisbo de esperanza de futuro. Si ya de por sí la guerra es el ejercicio más cruel, lo es todavía más cuando se ataca a los niños que ya habían sufrido los horrores de la guerra.

De poco valen los consejos, las conversaciones, las negociaciones y el diálogo, cuando se tiene enfrente a un dictador sanguinario, un ser sin escrúpulos ni moral que solamente persigue tener bajo su yugo a una población que libremente ha decidido seguir su propio camino como nación, bajo una bandera que en sus colores muestra el azul limpio del cielo y el amarillo de los campos de trigo y maíz. Una bandera que se alza frente a la que seguramente el dictador ruso lleva grabada en su corazón y que no es otra que la que luce sobre el rojo de sangre la hoz y el martillo, símbolos que, lejos de referirse al trabajo y el progreso, cabe pensar que la hoz sirve para cortar de raíz la libertad y el martillo para aplastar cualquier asomo de libertad, de democracia y de deseo de ser dueños de su propio destino. ¿Se puede ser más canalla?.

Si como dice el refrán, ‘una imagen vale más que mil palabras’, basta con ver cualquier informativo para cerciorarnos de que la crueldad sin límites de Putin está provocando, no sólo el asesinato de inocentes, sino el desarraigo de millones de personas que huyen despavoridos ante la llegada de las tropas invasoras a su ciudad. ¡Y a pesar de las imágenes, aún hay ‘negacionistas’ empecinados en defender al agresor y disculpar las atrocidades que, bajo el eufemismo de ‘maniobras militares’ se están perpetrando en Ucrania, de momento, aunque según dicen los expertos en estrategia geopolítica, las invasiones pueden extenderse a otros países limítrofes! Tiempo al tiempo.

Mientras resbalan los dedos sobre el teclado, miro de reojo la pantalla del televisor, donde se suceden imágenes de colas interminables de refugiados, caravanas inmensas de convoyes llevando alimentos y medicinas a los campos de expatriados, improvisados centros sanitarios bajo el amparo de Médicos sin Fronteras y Cruz Roja Internacional, furgonetas de ciudadanos solidarios que han dejado sus hogares, a miles de kilómetros, para llevar un poco de consuelo y ayuda a un pueblo que sufre.

La diferencia entre estos ciudadanos y el dictador ruso es bien clara: los humanos ofrecen su apoyo y sus medios para paliar el sufrimiento. El tirano se regodea en el dolor ajeno, disfruta con la crueldad, masacra un hospital infantil y se permite el lujo de llamarse ser humano.  

 

 

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