La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Volver a empezar


El pasado cinco de agosto, en mi última columna antes del parón de vacaciones, me despedía con aquella famosa frase de la película ‘Canción triste de hill street’, “Tengan cuidado ahí fuera”. Mira por dónde, empiezo esta nueva andadura septembrina con la misma advertencia, a tenor de la que está cayendo, y no sólo en el ámbito meteorológico sino en todos los aspectos, porque mientras unos andábamos pisando arena, tomando el sol y tratando de descargar tensiones y volver con el ánimo renovado, miles de seres humanos caminaban sin rumbo fijo; sin más horizonte que la incertidumbre y cargados con el equipaje invisible del miedo.

En aquella última columna, recuerdo que me despedía de ustedes con la satisfacción del deber cumplido y dispuesto a volver y reencontrarme con viejos amigos, lectores todos, y algún que otro nuevo que se haya sumado a esta página de opinión. Y digo lo del nuevo lector, no por suposición, sino con certeza, ya que durante las vacaciones he conocido a alguien, de cuyo nombre sí quiero acordarme: Carlos (como el gran emperador) y apellido de santo valenciano, como él.

Fue un encuentro casual, y resultó realmente interesante hallar, entre la multitud de huéspedes piscineros, a este lector empedernido y agradable conversador que cada mañana ocupaba su mesa en el jardín, y desplegaba (como un viejo capitán de marina) el cuaderno de bitácora, donde reflejaba sus reflexiones y algún que otro dibujo.

Con él he compartido vivencias y sucedidos; recuerdos de infancia, anécdotas de amigos comunes; sombra en el jardín, relatos de nuestras andaduras, cervezas frescas y vermut, saboreando un cuenco de patatas fritas.

Y entre baño y corto paseo, comida y siesta, se ha ido pasando el mes de agosto, a pesar de mis intentos de alargar las horas y aplazar el momento del regreso a la rutina, a la vida cotidiana, al paso lento de los días apuntando en el calendario citas y compromisos. Pero así es la vida: fugaces chispazos de disfrute que a veces ni siquiera sabemos aprovechar. Tempus fugit…

Ustedes, amables lectores, quizás piensen: ¿y a nosotros qué nos importa cómo has pasado tus vacaciones? Y la verdad es que tienen razón, porque lo lógico es que ustedes también me contaran lo que han hecho en estos días tórridos de agosto, pero el resumirles en estas líneas mi paso por un pueblo con mar, no pretendo más que revivir los momentos felices que he disfrutado, simplemente con las pequeñas cosas en las que no reparamos.

Hoy, de nuevo frente al teclado del ordenador, me vuelvo a enfrentar a la tarea voluntaria de estar cada semana garabateando cuatro líneas, sin más pretensión de que ustedes las lean y, si es posible, que disfruten tanto como yo lo hago al escribirlas.

Me despido, sí. No porque no tenga más cosas que contarles, sino porque si las cuento todas ahora, a ver qué escribo la semana que viene.

Lo que sí hago es despedirme de una manera muy particular, dedicada a Carlos, en la seguridad de que él sonreirá al leerla. ¡Va por usted, don Carlos!

“Apreciable Timoteo: Largo estás, pero aún me estorbas” 

 


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